viernes, 23 de diciembre de 2016

Victima de una injusticia


            Se complica la parábola. Pero nos abre nuevos horizontes. Pareciera que prevalecieran las contradicciones, tanto en el caso de Caín y Abel, como en el caso del hijo mayor y el hermano menor, en relación a la preferencia del padre. Es evidente que no encuadran con lo debe ser lógico en el orden de las cosas. Esta puede ser la gran sorpresa del contenido de la parábola del hijo pródigo, sobre todo, teniendo en cuenta que el único evangelista que cuenta esta parábola es San Lucas. Y conociendo la temática de este autor no es de extrañar su rica y entrelazada relación compendiada con todo el Antiguo Testamento. De hecho, es propio del evangelio de San Lucas encontrar compendios comprensivos del Antiguo Testamento colocados como continuación en su temática cristológica. Así, encontramos en el evangelio de San Lucas, en el caso de la Virgen María, por citar uno, una estrecha conexión con los textos del Antiguo Testamento (cfr. 1 Sam. 2, 1-10), que en la temática de San Lucas es continuación y prolongación[1].

La justicia-injusticia: mayor complicación:

            Es, en todo caso, desconcertante el rompimiento de toda lógica humana el procedimiento de Dios, en el caso de sus preferencias. Ya queda pautado así desde un comienzo con la historia (o cuento teológico) de Caín y Abel, y la preferencia de Dios. Pareciera que se confirmara con la aplicación profunda de la parábola del hijo pródigo. Y hasta se pudiera encontrar alguna conexión con el libro de Job, al relacionar a Job con el hermano mayor, en una injusticia a todas vista más que clara, por lo menos considerada por el propio hermano mayor. Si es así, es, entonces, una sorpresa maravillosa lo que contiene esta parábola. Entonces, el tema principal de la parábola del hijo pródigo es la contradicción de Dios, según los parámetros humanos. Porque se rompe toda lógica. El hermano mayor, como victima y afectado en sus patrones de comportamiento, no es otra cosa que el mismo Job, a quien le cometen una gran injusticia. Y esto es un misterio que no tiene respuesta ni explicación. De allí, que como recurso literario, se busque personificar en forma de cuento en el caso de Job, y en forma de parábola en el hermano mayor de la parábola del hijo pródigo, para buscar explicación a lo que como injusticia no tiene sentido desde cualquier explicación humana, sino como “MISTERIO”.
            Sorpresa de sorpresas. Ahora se podría entender lo que dice el libro del Eclesiástico 39, 1-4, cuando dice que las parábolas son enigmas[2], y que hay que intentar penetrar en ellos. Y esta parábola es más que un enigma. Es un hechizo que envuelve y subyuga al comprender (el primer elemento de la aplicación del método judío de oración: Jojmá: intuición, o sabiduría) lo que se está comprendiendo (el segundo paso del método judío: Biná: entendimiento), para quedarnos cada vez más sorprendidos (el tercer paso del método judío del dáat: dáat, propiamente)[3]. Desde nuestro análisis, ciertamente, esto es un descubrimiento y una maravillosa sorpresa. Además, se trata de oír y no oír, de ver y no ver, por eso el significado profundo de las parábolas, como responde Jesús a sus apóstoles de por qué hablaba en parábolas, según el mismo San Lucas 8, 10 y sus paralelos, aplicándose una vez más un opuesto, como patrón de interpretación (oír-no oír; ver-no ver).
            Pero, volvamos en lo que íbamos.


Víctima de intereses de familia:

            Por otra parte, por ser el hijo mayor gozaba de la progenitura. Pero no por eso era una garantía, porque la podía perder, como en el caso de Jacob y Esaú (cfr. Gen. 27). Y este nuevo elemento vuelve a colocarnos en un hallazgo que nos hace ver la parábola del hijo pródigo con más respeto y admiración. Precisamente, porque hay muchos elementos implícitos y fascinantes. Es, entonces, cuando comienza a aparecer un personaje no nombrado para nada en la parábola, y que es posible su existencia, desde estas nuevas perspectivas. Es el puesto de la mujer o de las mujeres del padre de los dos hijos de la parábola del hijo pródigo. Porque, no es de descartarse la posibilidad de que hayan sido hijos en diferentes madres, como en el caso de Abraham-Agar-Sara, e Ismael-Isaac (cfr. Gn. 16). Eso es posible. Pero en el caso de que no haya sido así, sino que ambos hayan sido de una misma madre, no podemos pasar por alto la experiencia de la usurpación de la progenitura en el caso de Esaú, a quien le fue robada por parte de Jacob, con total y absoluta complicidad y obra de la madre, Rebeca.
            ¿Y, si en el caso de la parábola del hijo pródigo, la madre se confabularía a favor del hijo menor, en desventaja hacia el hijo mayor? Esa posibilidad abre mucho camino. Y ayuda a comprender un poco al hermano mayor. No tanto porque el hijo menor le hubiese usurpado la progenitura al hermano mayor, sino porque el menor se hubiese adelantado para sacar ventaja, como ventaja había sacado Jacob en la historia de la bendición de Isaac a Esaú, como iniciativa y obra de Rebeca (cfr. Gn. 16:1-4, 15).

La injusticia, tema recurrente en la Biblia:

            Se complican las cosas.
Pero abren horizontes para comprender, tal vez, un poco al hermano mayor. Tal vez, el hijo mayor debería pasar de ser juzgado como egoísta, a ser visto, más bien, como victima de las circunstancias. Y ¿qué relación habrá de fondo con el libro de Job, en donde el personaje también es victima de una injusticia? Job reclama su derecho. También lo hace el hijo mayor de la parábola. Las cosas no estaban claras, según Job. Tampoco para el hijo mayor. Y eso que ambos eran modelos y ejemplos. ¿No estará latente la misma idea en ambos casos? Pareciera que si.
Un detalle que hace la diferencia con el recibimiento del hijo menor, por parte del padre en relación al hijo mayor es, que sucede un diálogo entre el hijo mayor y el padre. Cosa que no se da con el hijo menor. Allá se da el recibimiento, y no hay palabras para el hijo menor, sino la orden para que le pongan el anillo y lo vistan bien (cfr. Lc. 15, 22-23). Mientras que con el hijo mayor hay un diálogo y un gesto (cfr. Lc. 15, 31). El diálogo es para que el hijo mayor reconsidere su postura; esas son las palabras. Y el gesto, es la espera por la respuesta. No sucede igual con el hijo menor. Sólo el gesto de amor, sin palabras. Como con el hijo mayor, en el diálogo, igual sucede con Job: hay un diálogo y una espera, a pesar de que Job no es reconocido en la injusticia que se le estaba cometiendo por parte de Dios, en la apuesta de Dios con el Satán (cfr. Jb. 1, 6ss; Daniel Albarrán, Los zapatos de Job), y en la que Job reclama, igualmente, su derecho; y por el contrario, Dios apabulla a Job con la muestra de su poderío (cfr. Jb. 42, 1-6). Ante esa realidad, Job reconoce y descubre, al mismo tiempo, que no conocía a Dios, sino de oídas, y no lo han visto sus ojos, como para comprender que Dios nunca va a reconocer que se está cometiendo con su situación una gran injusticia, fruto de una apuesta; en donde ninguno de los apostadores reconoce, ni haber ganado, ni haber perdido; ni siquiera de tener otra reunión para deshacer o por dar por terminada la apuesta (cfr. Jb 1, 6ss).
Otro detalle en cuanto al hijo mayor, es que cuando comienza la parábola a hablar propiamente de él, dice que “estaba en el campo” (cfr. Lc. 15, 25).
            A este punto de nuestro avance, surgen muchas preguntas y cuestionamientos, como: ¿Será lo de que la misericordia de Dios, en el caso del padre de los dos muchachos, es un misterio? ¿Será que se sigue la idea en la parábola de la aparente injusticia de Dios, como en el caso de Caín y Abel, en cuanto a lo de la preferencia del sacrificio que estos hacían? Una cosa queda clara: la astucia. En el caso de Esaú y de Jacob, con la ayuda de Rebeca, la madre. ¿Habrá alguna relación con la exclusión del hijo mayor de Abraham en la esclava, en el caso de Ismael e Isaac, en donde la madre de Isaac expulsa a la madre de Ismael? (cfr. Gn. 16:1-4, 15). También queda claro la astucia del hijo menor, respecto a la manipulación del padre. Además, el tema de la astucia es un tema presente en toda la Biblia; y sobre esa astucia se basa toda la historia del pueblo de Israel. Véase, por ejemplo, la historia de Abraham que hace pasar a su mujer como su hermana ante el Faraón (cfr. Gn. 12, 10-20), para sacar ventajas; el caso del nacimiento de Esaú y de Jacob, en el que Jacob agarraba el talón de Esaú (cfr. Gn. 25, 24-28); la venta de la progenitura de Esaú por un guiso (cfr. Gn. 25, 29-34); la usurpación de la progenitura por parte de Jacob (cfr. Gn. 27); etc. Además, el mismo Jesús en algunas de las parábolas exalta la astucia y la viveza, como en el caso de la misma parábola del hijo pródigo, o en la parábola del administrador astuto (cfr. Lc. 16, 1-13). Por otro lado, hay otra gran injusticia en el caso de María la Virgen en la anunciación, en relación a la objeción en la comparación con el padre de Juan el Bautista; en ambos casos hay una objeción, y en uno se es benevolente, y en el otro se recibe un castigo, al quedarse mudo (cfr. Lc. 1, 5-38).
            ¿No se dará esa misma experiencia en Jesús, en el caso del grito en la cruz? ¿No será la misma experiencia del hermano-hijo mayor de la parábola del hijo pródigo, que a su vez, pareciera ser la misma experiencia de Job, con la de Jesús en la cruz; en donde la injusticia de Dios es, justamente, su propia justicia, que es “misericordia”, que supera toda dimensión de comprensión humana; y todo ello oculto y dicho en esa maravillosa parábola, en donde pareciera que hay conexión del hijo mayor con la experiencia de la cruz de Jesús?



[1] Véase, por ejemplo la continuidad de Salmos 2, 18; Isaías 61, 10; Levítico 18, 3; Salmos 18, 3;; Isaías 40, 29; Salmos 113, 9; Isaías 54, 1; 2 Reyes 5, 7; Deuteronomio 32, 39; Sabiduría 16, 13; Tobías 131, 2; Job 9, 6; 38, 6; Salmos 98, 9
[2] “el que consagra su vida a reflexionar sobre la Ley del Altísimo… busca la sabiduría de todos los antiguos y dedica su tiempo a estudiar las profecías; conserva los dichos de los hombres famosos y penetra en las sutilezas de las parábolas; indaga el sentido oculto de los proverbios y estudia sin cesar las sentencias enigmáticas. Presta servicio entre los grandes y se lo ve en la presencia de los jefes; viaja por países extranjero, porque conoce por experiencia lo bueno y lo malo de los hombres” (Eclesiástico 39, 1-4; las negrillas son mías). Véase también Salm. 78, 2.
[3] O sería lo mismo que “escucha Israel, amarás al Señor tu Dios…”

El alegato del hijo mayor


El caso es que el hijo mayor manifiesta su inconformidad con el comportamiento de su padre, en relación al hijo menor, y no quiere entrar a la fiesta. No quiere sumarse en la celebración. Y, entonces, le habla al padre en forma de reproche al marcar distancia, poniendo las cosas en su justo lugar. Le dice, en forma de reproche “ese hijo tuyo”. Como diciendo: “ese si es hijo tuyo; yo no”; “ese es tu consentido”. Suena a reproche. Yo no cuento para ti. Y aquí, aparece en otra forma la misma expresión que Caín usa cuando Dios le pregunta por Abel, según Génesis 4, 8-9: “Caín, dijo a su hermano Abel: «Vamos fuera.» Y cuando estaban en el campo, se lanzó Caín contra su hermano Abel y lo mató. Yahvé dijo a Caín: «¿Dónde está tu hermano Abel? Contestó: «No sé. ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?”. Se marca la distancia en ambos casos. Porque en ambos casos se trata, igualmente, de progenitura, como de preferencias. Tal vez, la preferencia determinaba la progenitura. Y en ambos casos, se veía una injusticia.
La experiencia bíblica del guardar distancia para hacer la diferencia también se da en el caso de Adán y Eva, cuando después de haber comido del árbol del bien y del mal, Adán se desmarca de Eva y le dice a Dios: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí.” (Gen. 3,9). Ese distanciamiento se repite en la parábola del hijo pródigo.

El reclamo del hijo mayor:

El reproche del hijo mayor puede verse también como una bofetada, no en sentido literal, por supuesto, sino como ofensa o reclamo al propio padre. Podría verse también como si le estuviera diciendo: ese hijo tuyo, que es muy distinto a mí, y que es mala conducta, es así, porque tú lo malcriaste. Por eso es así. Por eso actúa así. Tú eres el culpable. Y podría verse un reclamo y un recordatorio, según se dijo, que podría ser la máxima del libro del Eclesiástico (30, 7-13), al recordarle la sentencia: “Caballo no domado, sale indócil, hijo consentido, sale libertino. Halaga a tu hijo, y te dará sorpresas; juega con él, y te traerá pesares. No rías con él, para no llorar y acabar rechinando de dientes”.
Esa posibilidad comprometía más al padre. Porque, o lo recibía, o no lo recibía. Si no lo recibía, tenía que denunciarlo, según la ley. Y lo amaba, por sobre todo. Consentido o no, era su hijo, el menor. Era mejor recibirlo. Volvía a ganar el hijo menor. Y volvía a perder-ganando el padre. Y con ello, vuelve un opuesto, de lo que es muy común en las Sagradas Escrituras.
Si el padre no lo recibía tenía que denunciarlo. Eso significaría la muerte del hijo y el reconocimiento por parte del padre de haberlo mal criado. Una doble afrenta para el padre. Un doble dolor, entre ellos el fracaso como padre. Era mejor recibirlo. Era mejor hacer una fiesta por su regreso. O sea, era mejor hacer como si el hijo se había ido de viaje sin haber dado problemas en la casa, y hacer fiesta porque había regresado. Así todo quedaba arreglado. Recibe al hijo y queda bien con la sociedad, porque, de lo contrario tiene que reconocer que su hijo menor es mala conducta y mala cabeza. Vuelve el hijo menor a sacar ventaja y vuelve a salir airoso y con las suyas. Inteligente y astuto, sin duda, el muchacho menor. Mucho. Y lo coronan con anillo y sandalias nuevas, para colmos de la contradicción. Como diciendo, para remates de males, en la ironía que ya contiene la viveza y la astucia del hijo menor, en detrimento del derecho burlado del hermano mayor. Como para sacarle en cara al hermano mayor que era clara la burla. Y descarada. Triste y cruel para el hermano mayor.

Restauración de las cosas:

            Un nuevo elemento aparece en el final de la parábola, que es muy bonito y útil de resaltar, a pesar de toda las contrariedades para el hermano mayor. Es el hecho de la afirmación y confirmación del papá hacia el hijo mayor, al decirle: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo”. Con esa afirmación podría considerarse dos cosas: por un lado, que el hijo mayor no haga problemas, porque, si es por la progenitura, él la tiene segura por ser el hijo mayor. Muy bonita confirmación que debería darle mucha seguridad al hijo mayor. Por otra parte, podría considerarse la idea de que ya la herencia está repartida. Es decir, ya el hijo menor se llevó lo suyo; y lo que queda es todo del hijo mayor, porque la herencia había sido repartida cuando el menor había hecho la petición. Había repartido la herencia. A cada uno le había dado lo que correspondía. Y lo que quedaba era del hijo mayor. ¿Dónde estaba el problema que el hermano mayor estaba haciendo, entonces, podría estar diciéndole esas cosas al papá? Como diciéndole: “No seas tontito, muchacho…. Quédate tranquilo, que todo lo tuyo está seguro”. Además, sería una petición por parte del padre al hijo mayor de que comprendiera el aprieto en que se hallaba él como padre, pues no podría denunciar a su hijo menor.
            Esa parte de la parábola es muy tierna y consoladora para el muchacho mayor. Y aquí vuelve a aparecer el personaje de Job, que al final es restituido en todo. Bonito. Hermoso ese descubrimiento implícito de la parábola del hijo pródigo. Entonces, tiene estrecha relación esta parábola con el libro de Job. No se puede negar. Esta confirmación de esa conexión entre Job y el hijo mayor nos entusiasma, porque se estaba presentando esa relación con mucha timidez y temor. Pero no se puede negar que están en la misma conexión. Para alegría en este estudio y análisis.

El recordatorio del Padre:

            Viene la parte final de la parábola. El hermano mayor coloca las cosas en el orden que tenían que estar. Entre “ese hijo tuyo” y él, el hermano mayor, hay una gran diferencia. Por eso marca la distancia. La hay. Entonces, aparece el padre, que ya le ha pedido que “por favor, que entienda que la cosa es muy complicada”, que seda, que acepte al hermano. Por eso le dice: “porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado”. En esa afirmación del papá, hay ya una petición doble. “Si lo aceptas y lo recibes como tu hermano, me haces un favor a mí”, casi pareciera que le estuviera diciendo. Porque si no lo acepta, hay que explicar que no se fue de viaje de buena manera, sino que era mala conducta; y, entonces, por consecuencia legal, también el padre va a tener que dar cuentas a la justicia de los ancianos del pueblo. Todo dependía del hermano mayor.

El padre depende de la decisión del hijo mayor:

            Ahora, las cosas cambian de perspectiva y de enfoque. Ahora, es el hermano mayor el bueno. Y al decir el bueno, es en todo el sentido de la palabra, aun cuando la primera idea que nos hacemos del hermano mayor es que es egoísta. Pero no. Es el bueno. Por eso “su padre salió e intentaba persuadirlo”, dice la parábola. Ahora bien, ¿A persuadirlo de qué; a convencerlo de qué; a hablar de qué; a pactar qué? Es el colmo. Además de todo lo que se la ha hecho en su perjuicio… Pero, en algo tiene el padre las de perder en esa situación, respecto al hijo mayor. Esto hace ver al padre doblemente comprometido, como se hallaba Dios frente a Job, en su no explicación de por qué lo había puesto en la situación que lo tenía, si Job, era en todo un hombre ejemplar. No está malo ser bueno. Aquí hay que reconsiderar la postura que asumimos frente al hijo mayor, que siempre ha tenido las de perder, frente a la astucia y viveza del hijo menor. Siempre hemos mirado como egoísta al hermano mayor. ¿En verdad, lo era? ¿Dónde está el mal de ser bueno, y el hijo mayor era bueno y fiel, con todo y todo? Igual que en el caso de Job… ¿Dónde está su mal, en la fidelidad? ¿No es, acaso, la fidelidad referida a la relación pueblo escogido-Yahvé; y no era fiel, acaso, Job en su situación, como fiel el hijo mayor de la parábola? ¿Dónde está el mal que se le atribuye al hijo mayor?

El jardín del Edén:


            En esta última parte de la parábola del hijo pródigo hay una reminiscencia bíblico-teológica que es necesario resaltar. Al padre decirle al hijo mayor “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo”, hay implícitamente una conexión con la experiencia del Jardín del Edén, en donde a Adán y a Eva les estaba permitido todo (cfr. Génesis 2, 7-10, 15-17), pero donde existía el recordatorio del árbol prohibido, del que no deberían comer. En este punto de la parábola el padre está haciéndole al hijo un recordatorio, que es teológico: Cuidado, no pases el límite. Cuidado hijo. Todo te está permitido. Eres el dueño, pero párate. Frénate. Eres libre, sin embargo. Por eso, “su padre salió e intentaba persuadirlo”. Y se está repitiendo teológicamente la experiencia bíblica del Jardín del Edén y la experiencia del pecado. A este punto, el hijo mayor estaba en toda la frontera, entre el recordatorio del árbol prohibido y su libertad de escoger. Momento sublime es este el de la parábola. Si es bonito y enternecedor el recibimiento y el abrazo del padre y del hijo menor en el regreso; es sublime el momento del encuentro del padre con el hijo mayor. Por eso dice la parábola que “su padre salió e intentaba persuadirlo”. Ahora le correspondía al hijo mayor decidir. Es entonces, cuando en este momento de la parábola debe irrumpir, pero tipo fanfarria repetitivamente, nada más, la sonata in fuga de Joan Sebastian Bach, o el aleluya de Händel (en el caso de dárnosla de finos y cultos, porque podría un redoblar de tambores y de maracas), porque es el momento culmen y de éxtasis de la parábola del hijo pródigo. Y es para llorar, para enmudecer, porque hemos llegado a lo máximo, como si fuese una pieza musical de esos clásicos que posee la humanidad como patrimonio cultural. Porque es un patrimonio cultural también la parábola del hijo pródigo; es decir, le corresponde a todas las culturas y civilizaciones de todos los tiempos. Por eso es patrimonio.

Momento culmen de la parábola



A partir de ahí comienza el silencio descendente del espíritu que ha disfrutado toda la secuencia de las notas musicales entretejidas sabiamente, en manos de una mente prodigiosa que las enlaza para llevarnos al éxtasis, y desde ahí retornar suavemente y con dulzura a la cotidianidad de la vida diaria; pero transformados interiormente por el influjo penetrante de la gloria experimentada en la experiencia recién vivida de amor eterno… Maravillosa la parábola del hijo pródigo. Y maravilloso este auto-encuentro en ese encuentro maravilloso… Justo aquí debería sonar la fanfarria musical para resaltar la parte más importante de la parábola. Aquí está lo máximo y la plenitud de la parábola, a pesar de lo enternecedor que pueda resultar el abrazo entre el padre y el hijo menor, y en lo mucho que se ha insistido en ese detalle. En ese momento del abrazo habría que aplaudir por la jugada perfecta del hijo menor. Le había salido todo muy bien. Todo bien calculado. Y mejor de lo que se esperaba. Una jugada perfecta de astucia y de inteligencia. Pero, en el momento del diálogo entre el padre y el hijo mayor, habría que levantarse y aplaudir a rabiar, con los pies y con las manos, al mismo tiempo, con chiflido y griterío alborozado, porque es el diálogo y el encuentro entre el bien y el bien y el uso de la libertad, en donde vuelven a encontrarse el Creador y la criatura, para redimir la historia de Adán y Eva, con el recordatorio del Jardín del Edén, para ser dueños otra vez del Jardín, de donde se había sido expulsado. Y todo en clave de misterio para quedar enmudecido como lo quedara Job (42, 2-6), frente al apabullamiento de Dios por el misterio de lo creado y con su reconocimiento humilde y realista, al decir:

Sé que eres todopoderoso: ningún proyecto te es irrealizable. Era yo el que empañaba el Consejo con razones sin sentido. Sí, he hablado de grandezas que no entiendo, de maravillas que me superan y que ignoro. Yo te conocía sólo de oídas, mas ahora te han visto mis ojos. Por eso me retracto y me arrepiento en el polvo y la ceniza.
           
            Y, así, los dos momentos son muy importantes en la parábola, tanto el abrazo del padre y el hijo menor que regresa, como el encuentro en el diálogo del padre con el hijo mayor. Ambos son de igual importancia. No uno más que el otro. Los dos en igual intensidad; pero, en donde el segundo momento es la parte comprensiva en su totalidad, para colocar en igualdad de condiciones a los dos hijos, porque ambos son hijos del mismo padre, y a ambos les reitera su dignidad de hijos. Y dignificándolos en sus puestos como hijos, el padre reitera su condición de padre, sin perder en nada, ni en su preferencia, ni en su predilección. Por eso, dice la parábola que, en el primer caso, “cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo”(al hijo menor); y en el segundo, la misma parábola dice que “su padre salió e intentaba persuadirlo” (al hijo mayor). Así, el padre recupera su autoridad y respeto, sin perder en nada, (que nunca había perdido), su realidad de padre reafirmada en su relación con sus dos hijos, sin ninguna diferencia de uno y otro (cfr. Dives in misericordia, 6a). Así lo dice maravillosamente la parábola: “Pero el padre dijo a sus criados: "Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo”. Con ello está colocando en su lugar a su hijo como hijo, y así, siendo fiel a su amor, es fiel a su paternidad (cfr. Dives in misericordia, 6ª)). Simultáneamente, la misma parábola, sin hacer diferencia mantiene la misma línea de acción del padre, en el caso del hijo mayor; dice: “El padre le dijo: "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo”. Como se mantiene la misma acción y se reitera en ambos casos la misma realidad, el padre reafirma lo que pudiese haberse desviado en su sentido e importancia, al decir de la misma parábola, que el padre dijo: “deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado”. Y, así, el padre da el mismo trato a los dos hijos, al reconocerles su dignidad y filiación y paternidad, al mismo tiempo. Queda, así, todo en su lugar: el padre y los hijos; los hijos (que son hermanos) y el padre; y, su puesto en la familia, reconocido en uno con el anillo y las sandalias nuevas, y en el otro, en que todo era suyo por ser siempre fiel.
            ¡Bella la parábola del hijo pródigo! ¡Exquisita….!
Un detalle que no se puede omitir en este final del análisis, y es el hecho de la comida, que es el centro de todo el encuentro y desencuentro de la parábola. Y no sólo de la parábola, sino todo el compendio comprensivo de la revelación, sin discontinuidad ni ruptura, sino estrechamente unido. Quedando así la conexión del evangelista San Lucas con la parábola del hijo pródigo en unidad de revelación con el libro del Génesis. En el caso del Génesis (2, 16-17), fue por una comida: “De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio”. En el caso de la parábola del hijo pródigo (el despilfarrador, el dadivoso, el desprendido), se repite la idea de la comida: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre”. El hijo menor regresa y le hacen un banquete: matan para él “el ternero cebado”, dice la parábola. Está clarita la misma idea de la comida. Y cuando el hijo mayor regresa el alegato es, igualmente la comida: “a mi nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos”. Y no quería entrar a la fiesta que le daban a su hermano, para quien habían matado “el ternero cebado”.
Llama la atención la referencia constante a la misma idea: la comida. En el libro del Génesis y en el evangelio de San Lucas, en este caso. En Génesis con la prohibición de no comer. En la parábola del hijo pródigo en la invitación del padre a ambos hijos para comer. En Génesis se puede comer de todo, pero hay una prohibición que del árbol prohibido, no. En la parábola hay una insistencia, en el caso del hijo mayor, pero, igualmente, el recordatorio de no pasar las fronteras. Interesante esa conexión. Pero más interesante cuando inmediatamente se piensa en la última cena de Jesús con sus discípulos, en donde vuelve a realizarse el escenario justo en una comida. Habría que hacer un estudio detallado de ese triángulo: Génesis-parábola del hijo pródigo-última Cena (Eucaristía).
En este sentido, algunos autores/pensadores hacen la relación del hijo pródigo con Jesús, como por ejemplo, Henri Nouwen. Pero esa relación parece muy forzada, y si seguimos lo que hemos descubierto en este estudio y análisis, no deja de ser una visión muy espiritualista, a pesar de la gran popularidad que ha tenido ese libro (Henri J. M. Nouwen, El regreso del hijo pródigo, meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, 27ª edición, PPC, Editorial y Distribuidora, SA, Madrid, 1992); sin olvidar que, al fin y al cabo, son unas reflexiones que el autor hace frente a la experiencia subjetiva y personal ante el cuadro de Rembrandt. No se puede negar, sin embargo, que es muy enriquecedor el aporte que hace Nouwen en su libro al detallar, como lo hace, el cuadro de Rembrandt, con todo su recorrido biográfico. Es de hacer notar que en ninguna otra parte y ningún otro autor, tan solo que cite a Nouwen, hace la relación de Jesús como el hijo pródigo. En ningún documento oficial del Magisterio de la Iglesia aparece esa relación Jesús-Hijo pródigo. Es sólo una manera de ver, como dice el mismo Nouwen, en su visión y experiencia frente al cuadro de Rembrandt; y que por otra parte, no deja de ser una experiencia subjetiva y muy enriquecedora respecto al cuadro, por supuesto.
Dice, Nouwen:

Me estoy acercando ya al misterio de que el propio Jesús se convirtiera en hijo pródigo para nuestra salvación. Abandonó la casa de su Padre celestial, se marchó a un país lejano dejó todo lo que tenía y volvió con su cruz a casa del Padre. Todo lo que hizo, no como hijo rebelde, sino como hijo obediente, sirvió para llevar de nuevo a casa a todos los hijos perdidos de Dios. El mismo Jesús, que contó la historia a los que le criticaban por tratar con pecadores, vivió el largo y doloroso camino que describe”… “Considerar a Jesús como el hijo pródigo va más allá de la interpretación tradicional de la parábola. Sin embargo, esconde un gran secreto. Poco a poco voy descubriendo lo que significa decir que mi condición de hijo y la condición de hijo de Jesús son uno, que mi regreso y el regreso de Jesús son uno, que mi casa y la casa de Jesús son una. No hay otro camino hacia Dios que no sea el camino que Jesús recorrió. Aquél que contó la parábola del hijo pródigo es la Palabra de Dios que “se hizo carne, y habitó entre nosotros, y nosotros vimos su gloria” (Jn 1,1-14).

 Algunos que han estudiado a Henri Nouwen, como Michael Forden, con el libro de la biografía de Nouwen, titulado, Wounded Prophet, descubre cosas que ayudan a comprender algunas cosas útiles de considerar respecto a sus ideas. Pero, no por ello, no deja de ser muy valioso lo que Nouwen hace para ver y descubrir en la pintura de Rembrandt, titulada "El regreso del hijo pródigo", que con su ayuda nos permite descubrir detalles muy interesantes del cuadro, como el detalle de las manos del padre (lo femenino-masculino), el de los dos pies, el descalzo y el con calzado roto; el del hijo mayor (representando a los fariseos), de pie y con su bastón hasta el suelo; la cabeza rapada del hijo prodigo; el manto del padre; la frente iluminada del padre; el manto del hijo mayor…etc. Pero es un aporte para ver e interpretar el cuadro, como tal. Tal vez ese libro de Henri Nouwen podría equipararse al libro de Dan Brow, El Código Da Vinci, al permitirnos un mayor acercamiento a las dos obras de arte, tanto la de Rembrandt, por un lado; como la de Da Vinci, por otro, en el caso del cuadro de “La última cena.
            Pero volviendo a la parábola, todo termina en suspenso. No dice la parábola que el hijo mayor hubiese aceptado entrar a la fiesta. Queda en el supuesto.
Y todo termina en suspenso. No dice la parábola que el hijo mayor hubiese aceptado entrar a la fiesta. Queda en el supuesto.
Y todo queda bajo el suspenso del misterio, como misterio es todo el misterio de la vida… como es un misterio el éxito de la astucia e inteligencia del hijo menor de la parábola del hijo pródigo y del sufrimiento del hermano mayor, ante un hecho palpable de injusticia… repitiéndose la fuerza del opuesto de éxito-fracaso… En donde, el éxito ha sido del hijo menor, y el fracaso del hermano mayor de la parábola… Y donde pareciera que se resaltara la celebración del exitoso, del astuto… en donde, definitivamente, el exitoso en todo su sentido, no es más que el mismo padre, porque no daña a ninguno de los hijos, sino que los enaltece, y con ello, tampoco se daña a sí mismo, como padre, justo con ambos hijos. Maravilloso encuentro y re-encuentro. Y con ello, igualmente, todo queda en su justo lugar, ya que no quedan mal parados los judíos, quienes le criticaban a Jesús, sino que quedan enaltecidos y reconocidos en el hermano mayor; justamente en la maravillosa idea del diálogo entre el padre y el hijo mayor, y por la experiencia del diálogo, que ya se había dado en la historia, al ser escogidos como pueblo predilecto de Dios, y que como conocedores y sabedores de esa misma experiencia, tienen en su mano decidir (referencia bíblica y teológica con el libro del Génesis), quedando a la expectativa esa misma experiencia-respuesta, en la respuesta como la expectativa que queda abierta en la parte final de la misma parábola… Maravilloso ese momento, entonces, de la parábola, como un elemento más de la rica experiencia de “la sinfonía de la Palabra”, como manifestación y revelación del mismo Dios (cfr. Verbum Domini, del Santo Padre Benedicto XVI,  La Palabra de Dios en la vida  y en la Misión de la Iglesia, septiembre, memoria de san Jerónimo, del año 2010, Dimensión cósmica de la palabra, No. 8 y siguientes).
Además, justo en ese momento podría pensarse en la experiencia límite de fronteras del propio apóstol San Pablo, en aquello de “el querer lo bueno lo tengo a mano, pero el hacerlo, no” (cfr. Rm. 7,18. como experiencia de la inclinación natural al pecado; cfr. Comisión Teológica Internacional, En busca de una ética universal: nueva mirada sobre la ley natural, 2009), y da a los hombres, mediante la gracia, la participación a la vida divina y la capacidad de superar el egoísmo. Y todo ello se da, justamente, por el diálogo (el Logos, que es el mismo Cristo, con lo que se hizo todo, según el prólogo del Evangelio de San Juan (cfr. Jn, 1,3; Col. 1, 15-16; Heb. 11, 3), y que se está dando en ese momento maravilloso de la parábola. De manera, que se podría pensar que en ese momento tan importante de la parábola, tal vez el más importante de todos (pero ignorado y no descubierto), se está dando, o está por darse,  el momento cristológico por excelencia, en la espera de la decisión y de la respuesta del hijo mayor. Y sea ahí, en ese momento del diálogo entre el padre y el hijo mayor, el momento teológico y bíblico de la experiencia de la libertad del Jardín del Edén. Por eso sea el momento culmen de toda la parábola. Es el momento del redimir o de repetir la historia del pecado, pero depende de la respuesta del hijo mayor, que queda en suspenso, como es característica del recurso literario de una parábola, a diferencia de un cuento, que si tiene un final feliz; mientras que en la parábola, queda en suspenso, como queda el resultado de todo lo que queda abierto en ese final no concluso ni cerrado.
En ese momento pueda que se esté repitiendo la misma experiencia de Jesús en la cruz, en el grito de Jesús: ¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?”(Mt. 27, 46), en la inconformidad del hijo mayor, en, “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya… (cfr. Lc. 15, 29-31). Con la diferencia en que Jesús, en el momento de la cruz, según San Lucas, Jesús se abandona al decir y completar lo que queda en expectativa y en veremos en la parábola. En Jesús, en el momento culmen de la Redención, hay un abandono en:“Padre, en tus manos pongo mi espíritu” y dicho esto expiró” (Lc. 23, 46); mientras que en la parábola, queda abierto, porque no se sabe la respuesta del hijo mayor. Por eso queda en suspenso, porque se completa en la cruz y en el grito de abandono de Jesús. Es, entonces, un momento cristológico, el suspenso de la respuesta del hijo mayor de la parábola del hijo pródigo, donde la respuesta del hermano mayor, sea el momento más importante de toda ella.
Tal vez en ese momento esté por darse la experiencia perfecta de la confianza ciega en el Padre por parte del hijo mayor, y pueda que se suceda su lucha interna al recordar justamente que “tu palabra, Señor, es eterna, más estable que el cielo”, y la fidelidad del Señor dura “de generación en generación” (Sal 119,89-90); y, quien construye sobre esta palabra edifica la casa de la propia vida sobre roca (cfr. Mt 7,24). Y pueda que se esté dando la agonía y el sufrimiento, en el opuesto de obedecer-desobedecer de la fe y de la confianza, por sobre todo,  y a pesar de todo, y resuene en su memoria[1] de que “Tú eres mi refugio y mi escudo, yo espero en tu palabra” (cfr. Sal 119,114) y, como san Pedro, esté por darse la experiencia de la confianza, a pesar de los pesares, en: “Por tu palabra, echaré las redes” (cfr. Lc. 5,5). O que sería lo mismo de la experiencia de fe de Abraham en la historia del sacrificio de Isaac (cfr. Gn. 22), existiendo entre esos elementos bíblicos una gran conexión en la permanencia de la misma idea teológica.
Tal vez. Solo como posibilidad. Quizás.
Sobre todo porque la misma objeción del hijo mayor es ese mismo recordatorio, al decir que “en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya” (Lc. 15, 29)… No va a ser ahora que le vaya a desobedecer, porque no le va a desobedecer, ya que queda implícita la respuesta, precisamente en lo que él siempre ha sido fiel, y que vuelve a colocar como su fundamento en “sin desobedecer nunca una orden tuya”. Quedando sobreentendido que si el padre le está pidiendo eso, eso mismo hará, porque se trata de “nunca haberle desobedecido”; y justo ahora, menos. Maravillosa esa parte de la parábola que queda en suspenso, pero que ya está resuelta en el propio alegato del hijo mayor, en donde está su solución. Diálogo que se da, al regreso del campo (cfr. Lc. 15, 25), como apunta la parábola, y en donde pareciera haber una referencia al propio Jesús, quien en su perfecta humanidad, realiza la voluntad del Padre en cada momento; escucha su voz y la obedece con todo su ser; porque conoce al Padre y cumple su palabra (cfr. Jn 8,55; 12,50; 17,8); siendo así, el hombre verdadero, que cumple en cada momento no su propia voluntad sino la del Padre; y con ello ratificar la misma afirmación del evangelista San Lucas de que “iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres” (cfr. Lc 2,52), para marcar una vez más la diferencia con el hijo menor; en donde la edad y el sometimiento como obediencia, hacían la diferencia y la clave de la interpretación, a esas alturas de la misma parábola del hijo pródigo, en su total manifestación y revelación (cfr. Lc 5,1). Reafirmándose siempre que crecía, como cabía la posibilidad de crecimiento en ese momento del diálogo. Por eso la importancia del diálogo, quedando implícito el planteamiento cristológico del evangelista, para convertirse en su constante en todo el evangelio (cfr. el Huerto de los Olivos, y en la cruz, simultáneamente, en una unidad teológica, por supuesto), y en donde el silencio y la espera de la respuesta del hijo mayor, pueda ser el mismo silencio de la “Cristología de la Palabra” en su plenitud en el designio del Padre (cfr. Verbum Domini, del Santo Padre Benedicto XVI, números 10 y siguientes, especialmente los números 13 y 14), para convertirse esa parte de la parábola, en un momento culmen de la Revelación.
            Así pareciera en nuestros hallazgos y especulación bíblico-teológica, precisamente en esa parte de la parábola en cuestión, en donde ese silencio ante la respuesta no sea, nada más y nada menos, que un momento netamente trinitario, en donde el silencio ante la respuesta sea la misma presencia del Espíritu Santo.
            Es maravilloso este encuentro y hallazgo. Revelador.
            Pero, esto continúa. Tiene que continuar porque no hay de otra.




[1] “Escucha, hijo mío, la instrucción de tu padre y no desprecies la lección de tu madre: corona graciosa son para tu cabeza y un collar para tu cuello” (Proverbios 1, 8-9).

Estaba en el campo y, al volver…

(Lc. 15, 25)


            A estas alturas de la parábola y de nuestro análisis, es necesario resaltar lo que la misma parábola apunta, casi de manera superficial, pero que es de importancia gravitacional sobre la que gira todo el sentido subliminal y escondido de la parábola. Es la referencia y el dato de que el hijo mayor estaba en el campo y volvía de él (cfr. Lc. 15, 25). Esto nos obliga a echar un vistazo a ese detalle. Al detalle del campo.
            Este descubrimiento nos permite ubicar mejor, precisamente, al hermano mayor, para sorprendernos todavía más.
            ¿Qué representa el campo, en este caso de la parábola? ¿Habrá alguna relación con la idea del Jardín del Edén, del libro del Génesis (cfr. G. 2, 8-10, 15)?  ¿Será la experiencia permanente de jardín en la Biblia, como en los casos del libro Cantar de los Cantares 5, 1, 6, 2,11? El jardín es el lugar del diálogo y del encuentro, del amor; como también lo es el Getsemaní, como el jardín de la agonía; como también el lugar del sepulcro donde Jesús resucitado se encuentra con María Magdalena (cfr. Jn. 19, 41; 20, 15).
            El hombre fue colocado en el jardín del Edén como huésped de Dios (cfr. Gn. 3, 8), y el recordatorio del árbol prohibido no es una limitación para la libertad humana, sino que es la revelación de una condición indispensable para la comunión entre el hombre y Dios. Recordatorio de que el hombre es “huésped”, y no dueño. Y la comunión no se puede dar si el hombre como huésped trata de convertirse en dueño del jardín. Es el respeto de esa condición. Por eso el recordatorio en el árbol prohibido. Se trata de respetar las normas de la hospitalidad. Según Génesis 2, 9, los árboles son hermosos de ver y buenos de comer, por eso el hombre puede vivir en el jardín como un huésped. La tentación va precisamente sobre esa misma idea, pues la mujer se dio cuenta de que el árbol tentaba el apetito, era una delicia de ver y deseable para obtener la sabiduría (cfr. Gn. 3,6). Y aquí está la diferencia, en que siendo huéspedes en el jardín, pretenden disponer de la creación contrariando la norma de no comer del árbol, que era, precisamente, el recordatorio. El pecado es, precisamente, la violación de esa norma.
            Antes, igualmente, estaban desnudos (cfr. Gn. 2, 25), pero no sentían vergüenza, porque estaban seguros y confiados. Mientras que después, hay inseguridad y desconfianza, y miedo de ser engañados. Entonces, el jardín, que es el lugar de la revelación de la amistad, se convierte en lugar de ocultamiento. Los árboles del jardín, en lugar de revelar al Señor (cfr. Sal 19, 1), sirven para esconderse de él. Y, así, el lugar del diálogo se transforma en lugar de huida. Dice en el caso del libro del Génesis que ante el paseo de Dios por el jardín, en el lugar del diálogo, dice que Adán tuvo miedo y se escondió (cfr. Gn, 3, 10), (cfr. Franceso Rossi de Gasperis, La roca que nos ha engendrado, pp. 41- 56).
            ¿Tiene algo que ver todo esto con la idea, apenas sugerida, de que el hijo mayor regresaba del campo? ¿De qué campo estaría hablando el evangelista San Lucas, y qué relación tendrá con el hecho de estar en el jardín del Edén? ¿Será esa la clave de toda la parábola, con la afirmación y detalle de que el hijo mayor estaba en el campo y, al volver…(cfr. Lc. 15, 25), estará diciendo que estaba en lo que correspondía la voluntad de Dios, en medio del jardín, como el huésped? ¿No estará implícita la idea del libro del Génesis, de después de la creación del ser humano, del mandato de Dios de ser fecundos y multiplicarse y henchir la tierra y someterla, de mandar en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra (cfr. Génesis 1, 27-28)?
¿Y, en ese regreso, es que sale el padre a su encuentro, precisamente para darse la experiencia del diálogo, porque el hijo mayor estaba en condición de diálogo, y no tenía ni miedo, ni vergüenza, ni se asustaba del padre, como se asustara Adán cuando Dios paseara por el jardín? ¿Será por eso que el padre sale a su encuentro a dialogar y a pactar con el hijo mayor, y a esperar que el hijo mayor decidiera? La encíclica Verbo Domini (noviembre de 2010), en el número 22, dice que en esa relación de diálogo, mediante este don de su amor, donde se supera toda distancia, nos convierte en sus “partners”, haciendo al hombre capaz de escuchar y de responder.
            Pareciera repetirse la misma idea, de varias maneras, en esa parte de la parábola: 1) el hijo mayor estaba en el campo (cfr. Lc. 15, 25); 2) su padre salió e intentaba persuadirlo (cfr. 15, 28); 3) MOMENTO DEL DIÁLOGO: a) tantos años que te sirvo, sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes (cfr. Lc. 15, 29); b) “Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo” (cfr. 15, 31).
            Pareciera que se repitiera la misma idea. ¿Será que es en eso en lo que quiere insistir el evangelista? ¿Será esa la parte central de la parábola? ¿Será ese el momento del recordatorio del diálogo del jardín del Edén, y el campo y el regreso de él (cfr. Lc. 15, 25), como la clave de la interpretación, en donde de a tú a tú se da una relación franca, directa y sincera, de padre a hijo, en recíproco y mutuo conocimiento, de cara a cara? ¿Será, por eso, que el padre salió a conversar con su hijo; y ahora no era la excepción, sino que era costumbre entre ellos, y por eso el hijo mayor sin temor del padre mantuvo con él la conversación, que dice la parábola que tuvieron?
            Todo pareciera indicar que este momento es muy importante en toda la parábola.
            Pareciera.
            Y todo como que llevara a pensar que en esa experiencia de relación y de diálogo, el hijo mayor, iría a realizar la petición del padre. Porque no sería ahora que iría a desobedecerlo, ya que él mismo pone la clave de esa misma experiencia en, “sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes” (cfr. Lc. 15, 29); y por eso mismo, el padre salió a su encuentro a conversar con él (cfr. 15, 28); precisamente, porque el hijo mayor estaba en el campo y regresaba de él (cfr. Lc. 15, 25). Estaba en el jardín. Pero podría no estarlo; o querer, por su respuesta, no querer estar más en el jardín, cosa que es impensable por su propia respuesta. Entonces, estaba en ese preciso momento en un momento límite de fronteras. Por eso el diálogo padre-hijo mayor. Aquí estaba la diferencia con el hermano menor, ya que no está en nuestras manos el crear el jardín, pero si el desierto; aunque podemos con el arrepentimiento y la penitencia querer volver al jardín (cfr. Franceso Rossi de Gasperis, La roca que nos ha engendrado, el capítulo “La alianza en el desierto”, pp. 61-73), como pareciera que fue lo que hizo el hermano menor.
            En ese mismo detalle que apunta la parábola, de que el hijo mayor estaba en el campo y, al volver…(cfr. Lc. 15, 25), y después de preguntar del por qué de la música y de la fiesta (cfr. Lc. 15, 26-27), se apunta otro elemento útil, y es que el hijo mayor “se irritó y no quería entrar” (Lc. 15, 28). En ese irritarse (cfr. Lc. 15, 28), hay un indicativo de que el hijo mayor estaba en todas las fronteras de dejar de ser huésped para convertirse en dueño. ¿Por qué tenía que irritarse, si no era, sino un hijo más, aún cuando fuera el hijo mayor? Tal vez, en ese hecho de irritarse ya había un traspasar justamente las fronteras, o a punto de pasarla. Y para que no se pasara realmente, fue que, como dice la parábola, su padre salió a suplicarle (cfr. Lc. 15, 28b). Aquí podría encontrarse un paralelo con la irritación de Jonás frente a la conversión de Nínive (cfr. el capítulo 4 del libro del profeta Jonás), en ese diálogo y discusión entre Jonás y Dios, en donde Jonás se disgusta porque el pueblo de Nínive, vestido en sayal y cenizas hizo penitencia y se convirtió; y Jonás le sacara en cara a Dios eso mismo, y que era lo que Dios había querido, y por eso lo había mandado a Nínive.
            Por de más de interesante ese nuevo elemento.
            Entonces, en medio de lo malo, a pesar de todo, es muy bueno el regreso del hermano menor, y sobre todo la fiesta que le hacen, porque le permiten al hermano mayor ubicarse en el jardín, como tiene que ser. Es un huésped. No es el dueño. Aún cuando se haya irritado. El hecho del diálogo que se da con el padre, indican que el hijo mayor toma conciencia de sus límites, y el padre con la salida a su encuentro y la conversación, le ayudan a colocar cada cosa en su lugar. Y todo por culpa del hermano menor (o gracias a él), porque se repite la experiencia de que “Dios escribe recto con líneas torcidas”; y que en la dimensión de la fe, aún lo malo es bueno, porque en la experiencia de la resurrección, todo se redimensiona y cobra sentido, a pesar de los pesares.
            Todo parece indicar que es así, por lo menos a esa altura de la parábola del hijo pródigo.





Datos a resaltar:

            De todo lo que se ha visto y descubierto de la parábola del hijo pródigo (“parábola del padre bueno”, o “parábola de los dos hermanos” (cfr. Joseph Ratzinger (Benedicto XVI), Jesús de Nazaret, p. 243), y que se nos estaba permitido, como se dijo, y se citó la sentencia del libro del Eclesiástico 39, 1-4, para ahondar su comprensión… de todo eso, se desprenden algunas ideas, como, igualmente ya se dicho, y que es necesario resaltar justo ahora para, con ello, llegar a la parte central de nuestro retiro espiritual, que es justamente “Padre rico en misericordia” (Ef. 2, 4), desde la experiencia relacional y comprensiva de la parábola del hijo pródigo.
            Así tenemos, que:
           
En cuanto al hijo menor:

  1. Es evidente la viveza y la astucia del hijo menor.
  2. El hijo menor siempre sabía lo que quería y quiso. Muy decidido.
  3. El hijo menor tenía muy marcada la experiencia de la filiación y de la fidelidad por parte del Padre. Por eso regresa.
  4. No tiene nada que perder; y si mucho que ganar con el regreso.
  5. No delega. Hace él mismo.

En cuanto al hijo mayor:

  1. Es el primogénito.
  2. Tenía una obligación moral de ser el modelo de la familia y el apoyo del padre. Y lo era.
  3. No quiere recibir al hermano menor.
  4. Se niega a entrar a la fiesta.
  5. Reclama sus derechos. Pareciera que se siente atropellado en sus derechos, a pesar de ser ejemplar. Esto es lo novedoso. Pareciera haber de fondo la idea del siervo sufriente de Isaías, y algo del sufrimiento de Job.
  6. No delega. Hace él mismo.

En cuanto al Padre:

  1. Respetuoso de la decisión del hijo menor.
  2. Angustiado por el regreso del hijo.
  3. Amoroso y espontáneo.
  4. Expansivo en su afecto.
  5. No recrimina. No guarda rencor.
  6. Generoso.
  7. Conciliador. Sale a negociar con el hijo mayor.
  8. No delega. Hace él mismo.
  9. No discrimina.
  10. Diferencia a un hijo de otro: al menor lo abraza y besa, como recibimiento, pero no le dice ninguna palabra: sólo gesto, sin palabra. Con el hijo mayor entra en un diálogo: palabra y gesto (¿por qué esa diferencia?).
  11. Justo.
  12. Escucha y respeta. (No delega. Hace él mismo).
  13. Da su apreciación con respeto, a pesar de pensar distinto en cuanto al hijo mayor (disiente del hijo mayor).
  14. Expone. No se impone. (No delega. Hace él mismo).
  15. No presiona y deja que el hijo mayor escoja según su criterio. Y espera (tal vez, la parte más importante de la parábola, y muy poco aprovechada, teniendo en cuenta el criterio de unidad de toda la Biblia, que es Revelación, y toda ella en perfecta y maravillosa unidad).


Todo esto nos tiene que llevar al inicio de la parábola, sobre todo a la circunstancia. Y la circunstancia era que “todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: "Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos". Jesús les dijo entonces esta parábola…” (Lc. 15, 1 y siguientes), la de la oveja perdida, la de la dracma perdida, la del hijo pródigo, y la del administrador infiel. La circunstancia es que acoge a los pecadores y come con ellos, y por eso es criticado.
Última conferencia
(La más importante de todas, por ser la meta de llegada)

«Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace.»

(Lucas 2, 8-16)

Ya para terminar, y sabiendo que estamos llegando a donde íbamos (estamos llegando a Pénjamo, diría la canción mexicana), es necesario aplicar todo lo que se tiene que aplicar, según el lineamiento de la Iglesia. Sólo así podremos salir ilesos, en cuanto a caídas, del desierto en el que estuvimos y vinimos. En ese sentido, sin ningún daño, porque íbamos conducidos por el Espíritu (cfr. Lc. 4, 1), pero haciendo la acotación de que no íbamos a buscar ser tentados, a diferencia de Jesús (cfr. Mt. 4,1), sino a volver a confirmar una vez más nuestra dependencia y a ratificar el misterio de nuestro llamado. Siempre en clave de fidelidad y de lo que no somos dueños, sino, apenas unos enviados; porque el que manda es otro. O sea, que fuimos porque nos mandaron. Y si nos mandaron es porque es de otro el encargo. Ni siquiera Jesús hacía nada por su cuenta, en cuanto a su mensaje y obra, sino porque había sido enviado (cfr. Jn. 8, 28); mucho menos nosotros (cfr. Jn. 20, 23; Hch 2, 1-4; etc.).
En ese sentido, como ya se ha dicho, que no se puede leer la Biblia si no se tiene claro el sentido de la globalidad de toda la Escritura, que es la Revelación, que se da plenamente en Cristo, porque quien lo ha visto a Él, ha visto al Padre (cfr. Jn. 14, 9-11). Además, todo lo de Dios en función del hombre; es decir, que todo la comprensión teológica es en clave antropocéntrica (cfr. Redemptor hominis, Dives in misericordia, y Dominum et vivificantem).
Desde esos dos datos fundamentales, es que, entonces, se puede hacer cualquier intento de comprensión, y se nos permite intentar ahondar. Y preguntar… (cfr. Hans Dieter Bastian, Teología de la pregunta).

La gloria a Dios:

¿En qué consiste la gloria de Dios y la gloria a Dios? En que el hombre tenga paz. Ya lo condiciona el propio evangelista. ¿Cuál es la alabanza a Dios, en que cantemos himnos y recitemos los cánticos de la alabanza en donde aparezca a cada instante la palabra Dios o su paralelo, y digamos alabado sea su nombre, ahora y por siempre, o frases parecidas?
La alabanza es la constante de todo el evangelio de San Lucas, sin duda. ¿Pero, la alabanza como actitud o respuesta constante de actitud religiosa? De hecho, en varios apartados del mismo evangelio de San Lucas, aparece la alabanza, como sorpresa después de algunas acciones concretas de Jesús. Por citar algunos, por ejemplo: Zacarías, cuando se le soltó la lengua, en el nacimiento de Juan el Bautista (Lc. 1,64); Simeón y la profetisa Ana, en el Templo, cuando la presentación del niño (Lc. 2,28; 38); el paralítico de la camilla (Lc. 5,25-26); la resurrección del hijo de la viuda de Naím (Lc. 7,16). Y, así, todos los otros casos del mismo Evangelio (Lc. 13,13; 17,15; 18,43; 19,37; 24, 53). Ese dato constante en el Evangelio de San Lucas, también presente en el caso del anuncio a los pastores, ¿no obedecerá a un tema preferido en San Lucas? ¿No tendrá un propósito específico, como el de resaltar la admiración y la alabanza a Dios, como tema recurrente en todo el Evangelio?
¿Pero en eso consiste la gloria a Dios, a pesar de que sea una constante en el evangelio de San Lucas? ¿Será que se debe despertar en el ser humano, en clave relacional, la admiración y la alabanza?
E el evangelista encontramos de inmediato la razón de la gloria a Dios: que el hombre tenga paz. Ya lo dice el evangelista: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace.»


En la tierra paz a los hombres:

No es otra la gloria de Dios, sino que el hombre tenga paz.
Y esa paz se realiza en el niño que acaba de nacer y que es el objetivo de la noticia de los ángeles a los pastores. Independientemente que los pastores sean los humildes o los pobres. Esa es una espiritualización del texto. El contenido teológico está en que si el hombre tiene paz, esa es la gloria de Dios. Y, ahora, se va a realizar la gloria, en el niño de Belén, que acaba de nacer (según la noticia de los ángeles).
La gloria de Dios se hace carne: toma la condición humana. Ahora se realiza la gloria de Dios.
En el niño de Belén, se realiza la paz del hombre y la gloria de Dios.
Maravilloso intercambio: Dios es glorificado en el Hijo, porque el Hijo es la paz del hombre (y en clave de la cruz, donde se completa de manera definitiva la misericordia del Padre, a través del Hijo, en el Espíritu).
En el Hijo se plenifica el hombre: porque le va a traer la paz, que el hombre requiere; y eso es la gloria de Dios.
De allí se desprende que si el hombre no tiene paz, Dios no va a ser glorificado. Pero, como el Hijo se hace carne, ya se realiza el plan de Dios, que no es otra cosa que para el hombre. No para Dios, sino para el hombre, porque es en clave antropológica como insiste la encíclica Redemptor hominis, especialmente (sin perder la conexión con la Dives in misericordia, Dominum et vivificantem, porque van unidas en la misma idea).
Pero, todo, desde el niño de Belén: la Encarnación.
Ahora bien: ¿de qué paz en el hombre es la gloria de Dios? ¿Qué paz ha perdido el hombre, que ahora la vuelve a recuperar, a través del nacimiento del niño en Belén?
Sabemos que la paz está en el niño que nace en Belén. Nos lo anuncia así el evangelista San Lucas a través del recurso literario del anuncio de los ángeles a los pastores. Fruto de la inspiración divina y de la Revelación de los que el autor lucano es objeto e instrumento.

La conexión con la parábola del hijo pródigo:

Ya se dijo en el apartado titulado como Momento culmen de la parábola, en la página 52 y siguientes, respecto al abrazo del padre al hijo menor, por una parte, como del diálogo del padre con el hijo mayor, por otra, de la importancia y maravilla de la parábola del hijo pródigo. Pero volvamos y digamos lo que ya se dijo, para encontrar la relación de la parábola del hijo pródigo (o con el título con el que se le pueda llamar, después de su estudio y comprensión), con el himno de los ángeles ante la noticia a los pastores (cfr. Lc 2, 8-16), porque los dos momentos son muy importantes en la parábola, tanto el abrazo del padre y el hijo menor que regresa, como el encuentro en el diálogo del padre con el hijo mayor. Ambos son de igual importancia. No uno más que el otro. Los dos en igual intensidad; pero, en donde el segundo momento es la parte comprensiva en su totalidad, para colocar en igualdad de condiciones a los dos hijos, porque ambos son hijos del mismo padre, y a ambos les reitera su dignidad de hijos. Y dignificándolos en sus puestos como hijos, el padre reitera su condición de padre, sin perder en nada, ni en su preferencia, ni en su predilección. Por eso, dice la parábola que, en el primer caso, “cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo”(al hijo menor); y en el segundo, la misma parábola dice que “su padre salió e intentaba persuadirlo” (al hijo mayor). Así, el padre recupera su autoridad y respeto, sin perder en nada, (que nunca había perdido), su realidad de padre reafirmada en su relación con sus dos hijos, sin ninguna diferencia de uno y otro. Así lo dice maravillosamente la parábola: “Pero el padre dijo a sus criados: "Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo”. Con ello está colocando en su lugar a su hijo como hijo. Simultáneamente, la misma parábola, sin hacer diferencia mantiene la misma línea de acción del padre, en el caso del hijo mayor; dice: “El padre le dijo: "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo”. Como se mantiene la misma acción y se reitera en ambos casos la misma realidad, el padre reafirma lo que pudiese haberse desviado en su sentido e importancia, al decir de la misma parábola, que el padre dijo: “deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado”. Y, así, el padre da el mismo trato a los dos hijos, al reconocerles su dignidad y filiación y paternidad, al mismo tiempo. Queda, así, todo en su lugar: el padre y los hijos; los hijos (que son hermanos) y el padre; y, su puesto en la familia, reconocido en uno con el anillo y las sandalias nuevas, y en el otro, en que todo era suyo por ser siempre fiel.
Una pregunta para terminar: ¿No será esa la exultación del gozo del himno de los ángeles en la «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace.» (Lucas 2, 8-16), y que es, al fin y al cabo, la misma persona de Jesús-Cristo, quien nos comunica que el Padre es “rico en misericordia”; y que, igualmente, es un misterio, aun para aquellos que se las daban como se la daban, según dijimos que eran las circunstancias de la parábola del hijo pródigo?
Lo curioso de lo curioso, es que esos dos pasajes son de exclusividad del evangelista San Lucas, bien llamado y considerado el evangelio de la misericordia (cfr. Joseph Ratzinger (Benedicto XVI), Jesús de Nazaret).

Nota final:

Estuvimos en el desierto.
Sabíamos a lo que íbamos (o veníamos).
Ahora, terminemos como lo hace el evangelista San Lucas (4, 14-15), después de las tentaciones, que, “Jesús volvió a Galilea con el poder del Espíritu y su fama se extendió en toda la región. Enseñaba en sus sinagogas y todos lo alababan” (cfr. Mateo 4, 12-17; Marcos 1, 14-15). Pero, sin ocultar ni omitir la afirmación anterior del mismo evangelista, que es clave en toda su comprensión teológica al decir que “Una vez agotadas todas las formas de tentación, el demonio se alejó de él, hasta el momento oportuno” (Lc. 4, 13; en ese sentido es muy importante el aporte que hace Mel Gibson en su película La Pasión, que más bien, debería llamarse el diablo o la tentación en toda la pasión de Cristo).
Y con este final, enlazamos todo con la cruz de Cristo, como referencia del misterio de la fe (cfr. el pensamiento paulino), que es donde se resuelve todo el misterio del Dios-hombre (Emmanuel), ya que todo lo de Dios es en clave antropocéntrica, según las encíclicas sobre el Padre (Dives in misericordia), sobre el Hijo (Redemptor hominis), y sobre el Espíritu Santo (Dominun et vivificantem), bien clasificadas como las encíclicas sobre la Trinidad. Con ello queda todo abierto para reflexionar y ahondar sobre el hecho de la pasión de Cristo en la cruz, sobre todo desde el grito que según Mateo, fue: ¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?”(Mt. 27, 46); y, según Lucas, “Padre, en tus manos pongo mi espíritu” y dicho esto expiró” (Lc. 23, 46). Y donde todo se resume como “Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, precisamente cuando estábamos muertos a causa de nuestros pecados, nos hizo revivir con Cristo —¡ustedes han sido salvados gratuitamente!— y con Cristo Jesús nos resucitó y nos hizo reinar con él en el cielo. Así, Dios ha querido demostrar a los tiempos futuros la inmensa riqueza de su gracia por el amor que nos tiene en Cristo Jesús” (Ef. 2, 4-7).
Todo ello, y todo esto, con la dulce y reconfortante afirmación del padre que le recuerda al hijo mayor de “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo…” (Lc. 15, 31). Poniendo con ello todo en su santo lugar, tanto en justicia como en misericordia, a pesar de que no aparecen esas dos palabras de manera expresa, pero si implícitamente, en la parábola del hijo pródigo (cfr. Dives in misericordia, 6 completo); o en palabras de San Pablo respecto, a que, “el amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá; porque nuestra ciencia es imperfecta y nuestras profecías, limitadas” (1 Cor. 13, 4-8).

Todo como para llorar de gozo profundo e intuitivo, y exultar, igualmente, como con los ángeles: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace” (Lucas 2, 8-16).

Amén. Amén.